7 de julio…

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Amanece en una calurosa mañana del mes de julio, olor a la tierra mojada por el rocío matinal, algún cencerro lejano, en el centro de la ciudad el bullicio, el empedrado de las céntricas calles mojado, poco a poco se aproxima la hora…el momento esperado por millones de personas durante un año entero, el momento de la pasión, de la emoción, el momento de la tradición…

Las balcones comienzan a colmarse, las calles se llenan por segundos, el ambiente no puede ser más festivo, más heroico, más tenso…El ritual esta apunto de iniciarse otro año más. Los antepasados y el Santo, patrón de la ciudad, van a ser honrados, pero un animal también será venerado por encima de todos…la fuerza de la naturaleza hecha fiera en la tierra, la belleza de aquel que lucha hasta el final: el toro bravo.

Se acercan las 8 de la mañana, atuendos blancos impolutos, paños rojos y periódicos en mano. Se dan los cantos a modo de rezo buscando la protección del Santo contra la furia de las bestias, los nervios a flor de piel, el miedo invadiendo las entrañas de aquellos que están dispuestos a participar en el rito poniendo su vida en juego, hombres valientes que buscan la felicidad en unos segundos de simbiosis con la bestia, hombres osados que durante unos momentos sienten escapar del mundo, de la marabunta que les rodea, encontrándose en soledad cara a cara con el mitológico animal, unos segundos de adrenalina, de verdad y de pureza que para muchos bien valen una vida por efímeros que parezcan.

Un chupinazo se oye en la lejanía. Ha llegado el momento. Se abre el corralillo de Santo Domingo donde esperan amenazantes los bravos. Los cencerros de los mansos comienzan a resonar y como si de una manada de demonios se tratará, salen como exhalación los morlacos en busca de aquel que se crea capaz de ponerse en su camino. Pronto el pavor se apodera de aquellos que osan permanecer en el recorrido, una simple mirada desde la lejanía a los imponentes animales provoca que el pánico posea todo cuerpo humano, las mitológicas bestias van instalando el reino del terror a su paso. Los gritos y las caídas se suceden y, en el peor de los casos, cornadas que de un suspiro pueden robarte la vida para siempre. Pero incluso en medio del caos siempre hay luz, y es aquí cuando salen los valientes para crear la belleza con el temple, el peligro, el coraje y la inteligencia humana.

Tras las numerosas batallas durante el recorrido, los imponentes toros llegan al coso para ser admirados por las gentes que inundan el graderío, deseosos de ver el egregio animal que, como guerreros, se recogen a los chiqueros para afrontar frescos por la tarde la segunda parte del ritual. Los matadores les esperan para entablar combate singular, donde animal y hombre luchan por la gloria y la vida, pudiendo obtener cualquiera de ellos la muerte…muerte que pone fin al ritual por un día más.

Así es la festividad de San Fermín y la Feria del Toro que se realiza en su honor, así es la tauromaquia en todas sus vertientes: un drama donde hombre y bestia se miden y pelean, un arte solo apto para sensibles, para inteligentes, un arte que no se da en ningún otro lugar del mundo…es el arte de la vida y la muerte.

Por mucho que les duela a los que miran el dedo en vez de a la luna, mañana comenzará el rito y, como cada año, millones de personas en el mundo estarán pendientes de San Fermín y sus toros, y miles más, tanto españoles como extranjeros, estarán en las calles pamplonesas disfrutando de la luna que muchos nunca podrán apreciar. Lo siento por ellos.

Viva España, San Fermín y la tauromaquia.