Crítica y ciudadanía

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En toda sociedad ejercer el derecho a crítica es sano, necesario incluso. La crítica, que puede ser seguida de réplica, que podrá, a su vez, ser también criticada, y así hasta el infinito, es lo que dota a los ciudadanos de la información que, cuando les es accesible, les convierte en libres.

Información que, al proceder de la contraposición de argumentos, presupone la libertad de aquél que los emitió. No se trata de ver que fue antes, el huevo o la gallina, esto es, el acceso a la información que convierte en libre al que emite la crítica, o la libertad del emisor que ejerce la crítica que…Y es que, ambos sucesos no se suceden en un lapsus temporal, primero uno, y después otro, sino que se dan a la vez.

Esta suma de libertad e información es la que permite que ambos conceptos vayan ensanchándose, y esto suele darse cumulativamente. Pero, como tanto la libertad, como la crítica, son actitudes que corresponden al ser humano, no es su camino siempre ascendente, pues, solo con dejar de practicarlas, o practicarlas menos, disminuyen.

Resulta que nuestras sociedades cuentan con sistemas jurídicos que, al menos formalmente, garantizan ambos ejercicios, libertad y crítica. No en vano, no son cosas muy distintas, siendo toda crítica en esencia libre, aunque no todas las manifestaciones de libertad tengan por qué ser críticas. En principio, con el “único” límite que impone la garantía de otros derechos merecedores de protección. Por ello, nos llamamos ciudadanos.

Pero, dejando al margen el concepto político de ciudadano, como status jurídico de la persona en y frente al Estado, no puede predicarse de aquél la uniformidad. Visto como cualidad, es un concepto relativo y subjetivo. Hablamos de buenos y malos, mejores y peores… ciudadanos.

Una cualidad, integradora y fundamental de tal concepto, es, a mi juicio, el respeto, pues, el insulto y la descalificación, no permiten la contraposición de opiniones, base del engranaje que hablo, sino que esconde, la mayor parte de las veces, actitudes autoritarias o totalitarias que reducen, o así pretenden, la cualidad ciudadana.

Cuando así se hace, estas actitudes menospreciables merecen el mayor de los reproches y, si no el insulto, sí la descalificación (calificación). Cuando, además, estas actitudes son llevadas a cabo desde Instituciones u Organismos públicos, con el poder de imperio del Estado, es el momento de echarse a temblar. Si tal poder, cogido del Estado, encima, lo utilizan para acabar con éste, a llorar. Y, si lo utilizan para insultar y atacar a su soberano dueño, la Nación, a actuar.

No caben medias tintas. Valentía o cobardía. Ustedes juzguen.