LA NECESIDAD DE SACAR CONCLUSIONES

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Del emocionante caso de Ignacio Echeverría, que estoy seguro que no será necesario relatar aquí, hemos de sacar conclusiones operativas. No niego que no se haya mencionado en ocasiones la fe cristiana que profesaba Ignacio. Pero, en mi opinión, esa profesión religiosa no se ha destacado por lo que representa en el orden de la convivencia. Sin embargo y con  independencia de la alegría que los cristianos sintamos por las consecuencias de salvación que para el propio Ignacio tendrá su acción de verdadero amor al prójimo, en mi opinión es necesario, insisto, necesario subrayar el significado social de esa acción y, puesto que se trata de una acción particularmente representativa de nuestra fe, en realidad se debe hacer objeto de consideración la dimensión social de la religión cristiana. A concusiones de ese orden me refiero aquí.

No me detendré, por cierto, en analizar desde el punto de vista teórico el profundo desacierto de lo que resumiré como la exclusión de la religión cristiana del “espacio público” en nuestras sociedades fundamentadas en la civilización occidental. Como bien nos ha enseñado Benedicto XVI, la religión cristiana hace, por supuesto, referencia a la trascendencia, pero con el Trascendente los cristianos trabamos relaciones interpersonales de modo que no nos resulta el absolutamente Otro. De esta suerte es inapropiado, intelectualmente hablando, aplicar a la religión cristiana recetas acaso procedentes para la profesión púbica de otras creencias distintas.

No cabe duda de que la generosa acción de Ignacio al bajarse de su  bicicleta para intentar salvar a una víctima de la agresión de  unos terroristas que acabaron con la suya se entiende mejor cuando se conoce de la profunda fe cristiana que Ignacio profesaba. Porque no se trata sólo, con ser ya mucho, de una acción reveladora de la virtud cristiana del valor, sino de la entrega de la propia vida para el bien del otro, que  es fruto de  la enseñanza radical de la fe que nos fue enseñada por Cristo. No habrá que esforzarse en argumentar sobre la beneficiosa proyección inmediata de esa acción en la vida social, sobre la consideración de nuestra fe como elemento esencial para el desarrollo de la sociabilidad humana. Esa es, me parece, la primera conclusión que ha de adoptarse.

Pero además, por otro lado, hemos de reconocer que la acción generosa y valiente de Ignacio fue incubada en el seno de su familia. Las palabras pronunciadas por Isabel, hermana de Ignacio, al conocer oficialmente la noticia del fallecimiento de su hermano son, a la vez, motivadoras de un emocionante escalofrío tanto como de una acción de gracias a Dios por el hecho de que una persona las pronuncie. Yo, por lo que se refiere a este punto, no puedo sino atribuir a la familia la gran tarea de formar a sus miembros como verdaderas personas. En consecuencia, no puede desdeñarse la significación e insustituible función de la familia a efectos de nuestra real y efectiva socialización. Se trata, pues, de  la segunda conclusión.

Todavía más: ¿no es verdad que la dimensión social de la religión cristiana  se confirma al considerar la reacción de los vecinos de la familia Echevarría, de los organismos públicos  incluido el propio  Gobierno e, incluso, de la mayoría de los  medios de  comunicación ante la acción de Ignacio y sus efectos en su familia?

Una vez más queda confirmado el valor del cristianismo en cuanto que  supone unas relaciones personales entre nuestro Padre Dios y cada uno de los fieles susceptibles de ser modelo de las relaciones sociales en todas las sociedades obedientes a la civilización occidental. Aunque sólo fuese por esa razón de hacer posible una convivencia lo más perfecta posible merecería la pena respetar de modo particular la práctica de la religión cristiana. Seria esta la tercera conclusión.

No deja de ser alarmantemente significativo que, una vez más en su historia, en nuestra sociedad, se estén comenzando a hacer presentes mediante ataques a la religión los que siendo enemigos de la fe cristiana en realidad también lo son de la propia humanidad no obstante sus falsas protestas de profesar y perseguir no se sabe qué “humanismo”. Del regreso de los bárbaros habla Goligorsky en el número del pasado día 9 de      Libertad Digitad, en el que denuncia, a la vez que censura agriamente, la vuelta de  la nueva pero viejísima  izquierda que entre nosotros siempre ha  sido la enemiga de la religión y que se ha opuesto activamente a su práctica con  el  consiguiente atropello de la persona por supuesto. Es de señalar que Goligorsky se declara, sin jactancia desde luego, ateo, lo que no implica cuando no se es un sectario carcomido por la ideología, que no se acepten los benéficos efectos para el hombre y para la sociedad de la práctica de los valores Cristianos como cristianas son las raíces de nuestra civilización. Recuerdo que en un sentido sustancialmente idéntico se pronunció Goligorsky ante el caso Charlie Hebdo.

Pues bien, que la acción de Ignacio germine en valentía por nuestra parte para que como cristianos que exterminan al diablo mudo por desgracia tan invasor en nuestra época, no dejemos de proclamar nuestra fe y sus  benéficos efectos sociales. ¿Puedo proponer este  propósito como cuarta de las conclusiones que deberíamos sacar de la conducta de  Ignacio y de sus  familiares?

 

José María De la Cuesta Rute

14 de junio  de 2.017

 

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