¿Ligereza?… ¿Manipulación?

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Uno de los tópicos de uso incluso agobiante en la actualidad consiste en negar que en nuestros días  pueda hablarse de derechas/izquierdas con el sentido que a esos términos se  ha  venido otorgando desde que los moderados girondinos ocuparon el lado derecho de la Asamblea Nacional. En el lado izquierdo los radicales jacobinos.

No creo equivocarme si manifiesto que en la denuncia de la pérdida de sentido de la citada nomenclatura política insisten mucho más -hasta se podría decir que únicamente se efectúa-  por quienes sociológica y políticamente se  pueden y  se deben adscribir a la derecha. La cosa es hasta lógica, desde un  punto de vista de lógica interna exclusivamente, dado el complejo de  inferioridad que, tan inexplicable como estúpidamente, atenaza, por lo  general,  a quien participa del pensamiento de derechas.

Sin embargo he de reconocer que la negación del significado de  la  indicada dicotomía, derecha/izquierda, con tanto ahínco proclamada se olvida  o, al menos,  se abandona siempre  que se considera que  el uso de esos términos es útil para los intereses  propios bien directamente por su rendimiento electoral para los candidatos o bien indirectamente por contarse con la mediación  del partido y su dimensión  clientelar.

Aunque no es mi propósito en este momento argumentar exhaustivamente acerca de la pertinencia y de la necesidad actual de conservar y usar los tradicionales términos de derecha y de izquierda, sí deseo anticipar el argumento fundamental consistente en que el pensamiento  de  la derecha es, de entre los  dos, el que  se caracteriza por sintonizar con la existencia de la  verdad y el bien objetivos para el hombre. Si pienso así, y así pienso, podrán los lectores juzgar sobre mi repulsa tanto de la proclama sobre el no uso de los términos por su falta de sentido actual como de  que esa pretensión provenga precisamente  de la derecha que  podemos calificar de sociológica.

Mas en estos momentos me importa subrayar el punto en el que no se tiene el menor reparo en hablar de derechas por parte de  quienes reiteran una y otra  vez y  venga o no  venga a cuento, la negativa actual de sentido del término como contrapuesto a izquierdas. Sin la menor salvedad o reparo ninguno, sino con toda desenvoltura se habla de que el Partido Popular (PP) es de derechas. Y no me sorprende que eso lo hagan quienes ni pertenecen a ese partido ni a quienes se autocalifican de izquierdas; no me refiero a ellos. Me sorprende que cuando se trata de situar a PP se le califique de derechas precisamente por parte de aquellos que se pueden considerar partidarios del propio PP, que, no lo olvidemos, son los mayores propagandistas de la proclamación de la pérdida de sentido actual del término tradicional indicativo de una ubicación. Y no puedo dejar de pensar entonces que la calificación  del  PP se produce o bien a causa de una  ligereza que no les  permite calibrar la  contradicción en que  incurren o bien porque, como propagandistas del PP, entienden preferible defender su carácter derechista por entender que derechistas son sus votantes y que por ser derechista precisamente votan al PP. No es ni mucho menos baladí el núcleo de la martingala, puesto que se afirma algo por quien en otros contextos se ha considerado como imposible de ser  afirmado en  nuestros días y desde luego como irrelevante a nuestra altura histórica. El acostumbrado recurso a la actividad publicitaria comercial para explicar condescendientemente las falacias en que se incurre en la vida política con fines de propaganda no resulta aceptable. Además de que las falacias en la publicidad comercial son hoy tratadas con la severidad que merecen tanto por  el legislador como por los tribunales, el juicio político, que se traduce en  el sufragio, es una “mercancía “ muy  especial cuya elaboración necesariamente ha de asegurarse responde a la realidad de lo ofrecido con mayor rigor que cualquier bien. Pero con todo lo  que esto representa a efectos de la escasa atención que merecen los propagandistas del PP, todavía de mayor enjundia me parece lo que se dice a continuación.

Muchos de los  votantes del  PP que lo votan por derechistas ellos y el partido, con seguridad dejarían de hacerlo, incluso contando con  esa desacertada teoría del mal menor, si conocieran la realidad, que los propagandistas les niegan con  la actitud adoptada, de que en la actualidad, hoy por  hoy y me parece que por mucho tiempo, siempre que persista la ceremonia de la confusión, la derecha o, más propiamente hablando el centro-derecha para entendernos, sencillamente  no tiene representación política en España.

Lo cual no debe extrañarnos desde el momento que  la  persona que preside la cosa tuvo  la arrogancia, e inexplicablemente, por desacostumbrada, la sinceridad de proclamar que quienes defendieran ideas conservadoras y liberales ya podían ir abandonando el PP. No se refirió expressis verbis en esa  ocasión a su seguidismo de la socialdemocracia pero los hechos luego han demostrado hasta la saciedad que, en efecto, las políticas desarrolladas por el Gobierno  del  PP son las propias de la socialdemocracia. No creo sea necesario extenderse en  detalles pero por si acaso ahí van  algunos datos. De las políticas relativas a cuestiones vertebradoras de la sociedad no pertenecientes al orden económico y aparte de las referidas a la familia en sus diversos aspectos baste  citar la continuidad de las políticas “progresistas” del Presidente Rodriguez Zapatero, tales como la referida a la memoria histórica y al terrorismo etarra, que  por cierto se prometió a los votantes variar sin que se haya rectificado un  ápice –para vergüenza supongo, por ejemplo, aunque no aparenta sentirla, de quien servilmente cada semana interrogaba al Gobierno Zapatero en el Congreso sobre los hechos ocurridos en relación con El Faisán; caso en  cualquier lugar escandaloso de veras pero del que no volvió a hablarse desde que el PP consiguió el gobierno y con mayoría absoluta. Tampoco son baladíes las políticas relativas a la ideología ecologista y similares; menos todavía puede olvidarse la consagración de la mayor dependencia todavía de la Administración de justicia respecto de los políticos, si el PSOE, según cínicamente se nos anunció por uno de  sus  más conspicuos representantes, quitó  la  vida a Montesquieu, el PP dio sepultura, y con  siete llaves, a su memoria;  y para no hablar, en fin,  ni de la indiferencia ante el progresivamente creciente cáncer independentista de territorios de España poblados por españoles al que se le han dado alas, no digo que positiva pero sí desde luego negativamente y a veces incurriendo en el mayor ridículo; tampoco hablaremos de la, en muchos aspectos vergonzosa, política exterior.

Ante el somero repaso efectuado, la pregunta fundamental es ya inevitable ¿el PP, de derechas? Y, por si fuera poco todavía, todas esas políticas las ha acometido semejante partido en contra de lo prometido en su programa y en sus mítines electorales; es decir, se ha procedido bajo la mentira y el engaño, cualidades que nunca han sido patrimonio de la derecha. Pero cuando ya se comprueba que el calificar como partido de derechas al PP constituye un verdadero sarcasmo es si se repasan algunas de sus políticas con trascendencia económica directa.

¿De derechas, un  partido que multiplica por tres el monto de la deuda pública, y que no cumple con los requerimientos sobre el déficit?; ¿de derechas, un  partido que multiplica sus necias y contraproducentes regulaciones sobre cada vez más actividades productivas cuando no refiere esas múltiples regulaciones a una misma actividad haciendo imposible disfrutar de la  mínima seguridad jurídica que  demanda un sistema económico de verdad de progreso y bienestar?; ¿de derechas, un partido que mantiene los llamados “servicios públicos” configuradores del “Estado del bienestar” que invaden ámbitos inherentes a la libertad de la persona? (dicho sea de paso, la libertad sólo es preservada y , en  su caso, defendida por  la derecha, en contra de la  mendaz  arrogación de esas tareas a sí misma  por parte de la izquierda que, como los hechos acreditan a lo largo de la historia y de la geografía, es algo de  lo que la izquierda no tiene la menor idea siendo por eso mismo uno de los campos en que con mayor descaro, pero mayor eficacia también, ejerce la mentira); ¿de derechas,  un partido que multiplica las intervenciones estatales y, en  general, administrativas dando además así lugar al crecimiento exponencial de los empleados  públicos?; ¿de derechas, un partido que utiliza el crecimiento del número de asesores y similares con fines clientelares?; ¿de derechas, un partido que se cuida de agasajar a las oligarquías de las grandes empresas cuyos integrantes constituyen grupo compacto que configura el “capitalismo de amigotes”?; ¿de derechas, un  partido que vulnera el derecho de  propiedad mediante el robo, disfrazado de imposición fiscal, de cantidades ingentes de dinero que, además de esa vulneración, supone descapitalizar a empresas y particulares que se ven impedidos del ahorro y la consiguiente inversión?… En fin, podríamos seguir con retóricas preguntas que siempre nos llevarían a la conclusión de que el PP está muy lejos de ser un partido de derechas. Es, en rigor, un partido de izquierdas, razón por la cual precisamente el PSOE ha tenido que desmarcarse y sólo por razones también  referidas al disfrute del poder y al clientelismo se encuentra ahora  buscando acomodo porque el lugar que ocupaba hasta ahora se encuentra ocupado por el PP, con la consecuencia de que o se disuelve en éste, como de hecho ya está disuelta su ideología, o tiene que volver a lo que ha sido en momentos cumbres de su lastimosa historia, en momentos de singular sectarismo en  especial de significación religiosa y de bolchevismo; y ahí se  encuentra el PSOE con  que el terreno lo ocupan los llamados “populistas”.

De suerte que ni la derecha como posición opuesta a la izquierda ha perdido sentido ni el PP representa a la derecha. Mantener esa doble proposición representa una contradicción cuando menos sospechosa; pero además atribuir al PP una representación de la derecha que él mismo ha rechazado de palabra y con los hechos es o una ligereza inadmisible o una manipulación incalificable..

José María De la Cuesta Rute

 Catedrático emérito de Derecho Mercantil UCM

23 de octubre de 2016