Los “Fantasmas” del Palacio de Comunicaciones de Madrid. (I) Introducción.

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Definitivamente, las ocurrencias de la señora CARMENA no tienen fin.  Lo grave es que siempre apuntan en la dirección totalitaria, bajo la  apariencia, eso sí, de preocupación por los demás  como es propio de quienes  profesan el neoabsolutismo progresista dominante. Y a mí, qué quieren que les diga, esa apariencia todavía me resulta más insoportable porque presupone que se nos considera como a verdaderos idiotas por no  decir algo más grueso y probablemente más exacto; tampoco quiero decir que se nos trata  como a niños porque estoy muy lejos de pensar que los niños deben merecer un trato de gilidiotas como suele  ser  habitual creer y, lo  que es  peor, practicar.

Pero, a lo nuestro; lo primero que hay que decir  es que, pensándolo bien, en el fondo sí que nos merecemos ser tratados como gilidiotas por los neoabsolutistas de  turno, que  son  legión. Porque, por lo general, actuamos conforme al refrán de “dame pan y dime tonto”; es decir; los efectos perversos de la organización política que resulta de la ideología socialdemócrata, uno de los tipos que adopta el neoabsolutismo, y quizá el más deletéreo para el hombre cabal, es el desvincularle de sus acciones gracias a un fuenteovejuna que impide depurar la responsabilidad personal por ellas.  Claro es que, todavía las cosas pueden ser peores, como cuando la mentalidad “socialista” o colectivista no se encuentra contaminada, siquiera sea solo aparentemente, por ninguna consideración del demos y adopta en la práctica la forma de “populismo”, que se llama. Subrayo siempre lo de la apariencia porque la nota característica del neoabsolutismo en cualquiera de sus formas, las propias del siglo pasado tanto como las del anterior a él y las del presente, es el atenerse a  la mentira y al engaño.

Pero la cuestión que en concreto suscita las presentes líneas es de tal importancia que no podría agotarse en ellas y merece un conjunto de comentarios ulteriores destinados  a las distintas facetas que presenta. Ahora que parecen estar de moda otra  vez las series de terror, me propongo presentar aquí una a la que denomino, me parece que de manera apropiada: “Los <fantasmas> del Palacio de Comunicaciones de Madrid”

Como seguramente todos conocen, en dicho Palacio está residenciado el Ayuntamiento madrileño desde que un ataque delirante de grandeza llevó a un alcalde-presidente a expoliarnos a los madrileños de los dineros necesarios para alojarlo  en el “edificio de Correos” de toda la vida. Y, como  también  supongo que se sabe, el Ayuntamiento de  la capital se encuentra ahora presidido por la señora Carmena.

Pues bien, siendo numerosos e incluso, a veces, inesperados pero siempre urgentes los problemas que en una ciudad como Madrid deberían absorber las energías de su Ayuntamiento, es frecuente que estas en gran parte se consuman en majaderías varias dirigidas, no sé por qué, al supuesto entretenimiento de los ciudadanos y similares. Pero tampoco me voy a ocupar en la serie anunciada de esas estupideces grotescas más propias de un ayuntamiento de aldea que del gobierno de una gran capital. Aunque sí diré que, también respecto de esas iniciativas sonrojantes además de entorpecedoras para la vida de los ciudadanos, no faltan los satisfechos con ellas dada su condición de integrados en el “dame pan  y dime tonto” (en  adelante, DPyDT).

Porque es el caso que la señora Carmena ha tenido ahora la ocurrencia de que el Ayuntamiento de los horrores ha de redactar un  Plan dirigido a que en el ámbito municipal sean estrictamente respetados los derechos humanos. Y, como es natural, eso exige que el Ayuntamiento organice las burocracias oportunas para que se vigile el comportamiento incluso de los propios servicios municipales respecto de tan respetabilísima instituciones jurídicas como son  los mencionados derechos. A los que, por cierto, se los denomina humanos y no de ningún otro modo, como fundamentales por ejemplo. Lo cual tiene ya su propia relevancia; tanta, que de ello hemos de ocuparnos en el primer capítulo de nuestra serie, después de esta Introducción.

José María De la Cuesta Rute.