Los “Fantasmas” del Palacio de Comunicaciones de Madrid. (II)

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Pues sí, es un hecho que en el Palacio de marras se vienen produciendo fenómenos poltergeist que remiten a la existencia de fantasmas, si no de algo peor. Porque desde luego los que pueblan el Palacio no pertenecen al género angélico del clásico y adorable fantasma de Canterville. En cualquier caso, las ocurrencias que tienen lugar no pueden ser atribuidas a fantasmas benéficos pues aun los sucesos no propiamente perjudiciales son, al menos, rematadamente estúpidos y las necedades nunca proceden de los buenos.

Les juro que los fantasmas que pueblan el Palacio han decidido poner en marcha un llamado “Plan de derechos humanos” justificado, al decir de quien más manda, en que las ciudades son espacios especialmente propicios para vulnerar esos derechos. No me pregunten por qué. Y como para semejante tontuna no hay explicación racional alguna, legítimo es pensar que los fantasmas imponen el plan con la finalidad de asegurarse precisamente la impune y reiterada vulneración de aquellos derechos humanos que más les estorban salirse con la suya. De ahí que lo primero que cabe cuestionar es la lista de pretendidas manifestaciones de derechos contenida en el Plan.

Pero antes de pasar a hablar de ello, creo que es oportuno señalar que la generalidad de los comentarios críticos a la iniciativa fantasmagórica municipal centra su criticismo en aspectos más o menos periféricos de la cuestión, cosa, por lo demás, desgraciadamente habitual cuando la crítica se refiere a asuntos más o menos políticos y se ejerce por quien se mueve en el mundillo político. En nuestro caso se aludirá a la falta de competencia de un Ayuntamiento para actuar en la materia en cuestión o en lo sospechoso que resulta que los encargados de implementar el Plan y vigilar su cumplimiento profesen la ideología que en la historia ha dado muerte a un centenar de millones de personas además de haber causado también la muerte de la mayor porción de personas de aquellos a quienes no ha quitado por completo la vida no obstante no participar de esa estremecedora ideología bárbara.

Sin duda que ambas cosas son merecedoras de crítica, y autorizan la sospecha de que quienes comparten la ideología causante de tanta barbarie no merecen confiar en que serán capaces de velar por los derechos humanos. Por otro lado, la crítica que merece el fantasmagórico proyecto por razón de competencia es mucho más profunda de lo que podría establecerse según los conceptos burocráticos de competencia. Es obvio que los fantasmas del Palacio de Comunicaciones carecen de competencia en ese sentido profundo para vigilar por que se observe un cabal cumplimiento de aquellos derechos.

Pero lo que me parece, previo a todo y fundamental porque, en verdad, fundamenta una crítica irremediable al plan de los fantasmas del Palacio, es la inadecuada consideración de lo que son los derechos humanos así como de su verdadera naturaleza.

Porque si partimos de lo que son los derechos humanos desde luego carece de sentido incluir en el Plan alusiones a la Memoria Histórica y cosas semejantes. Si se incluyen es debido a que el repetido Plan poco o nada tiene que ver con los derechos humanos. Porque los verdaderamente tales, los inherentes a todo hombre por el mero hecho de serlo ya que emanan de su dignidad esencial son aquellos que marcan ámbitos exentos de cualquier injerencia extraña al propio titular del derecho que puede así trazar su proyecto de vida y desarrollarlo en libertad y, por lo tanto, ajeno a coerción ajena ya proceda de los poderes públicos ya de particulares.

En consecuencia, respecto de los derechos humanos no cabe por parte de quien no sea su titular más que observar un deber general de respeto y está fuera de lugar, mejor es inconcebible, tratar de encontrar en ellos fundamento para una conducta positiva o que  implique un hacer o un dar por parte de terceros. Los verdaderos derechos humanos son derechos individuales que, a veces, se designan como derechos-libertad. Pero semejante denominación sólo procede desde el momento en que, al lado de los derechos humanos y, a veces, incluso haciéndoles pasar por ellos, se admiten los llamados derechos-prestación, a los que en otras ocasiones se les conceptúa de derechos fundamentales lo que, al menos, tiene la ventaja de no introducir ninguna confusión conceptual.

Pues bien, en el Plan que se elabora por los fantasmas del Palacio de Comunicaciones, como no podía ser menos, bajo la denominación de derechos humanos y haciéndoles objeto del mismo tratamiento se recogen unos supuestos derechos-prestación cuya “configuración” como derechos es más que dudosa; pero sobre que es erróneo conceptuarlos de derechos humanos no puede albergarse la menor duda. Y esto lo digo a sabiendas incluso de que la Declaración de Derechos humanos de Naciones Unidas de 1948 recoge lamentablemente, junto a los derechos humanos, otros derechos de los que se consideran fundamentales, también por razones ideológicas, pero que son derechos-prestación.

Que los juristas aceptemos sin protesta ese trasfondo que subyace  al Plan fantasmagórico es una manifestación evidente del rabioso positivismo con que tratamos al derecho, y que se manifiesta en consecuencias varias pero todas tan contrarias al hombre y a la sociedad constituida por hombres libres como correlativas al robustecimiento de los poderes públicos que encima  pueden así mostrarse bajo la engañosa capa legitimadora de lo benéficos que son esos derechos. Se oculta su carácter invasivo de los ámbitos de libertad del hombre que tiene en ella la razón de su dignidad y la posibilidad de crecer según el orden de su naturaleza.

Esa consecuencia abominable para todo ser humano se desprenderá también del Plan de derechos humanos que cocinan ya los fantasmas del Palacio de Comunicaciones. No sé a ustedes, pero a mí me produce tanta rabia como  asco.