Los “Fantasmas” del Palacio de Comunicaciones de Madrid. (III)

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Naturalmente que el subterfugio bajo el que encubren los fantasmas del Palacio de Comunicaciones de Madrid su maléfico “plan de derechos humanos” se centra, por lo pronto, en la “sacrificada” observación que se practicará respecto de las actuaciones del propio Ayuntamiento de la capital a fin de que todas ellas se produzcan con respeto a los derechos humanos para, en caso contrario, proceder en consecuencia mediante las medidas oportunas llamadas a corregir el desafuero.

Pero, como es obvio, esa aparente sacrificada actividad se traduce en la “penosa” tarea de reforzar –se entiende, con amiguetes de los fantasmas- las burocracias a las que se encargue de la actividad de dictar medidas acordes a lo que resulte de la observación y cuidado de las actuaciones municipales. Al mismo tiempo, esa engañosa y estúpida –tan estúpida que parece mentira pueda ser engañosa, pues sí, lo es- finalidad se traduce en una doble operación igualmente repugnante: la de definir o precisar cuáles sean los derechos que para los fantasmas son “humanos” así como la de definir el contenido de los derechos. Pero,  incluso de los verdaderos derechos humanos, esto es, de los derechos-libertad que, en virtud de esa artimaña de los fantasmas maléficos, dejan de ser de libertad, puesto que el alcance de su ejercicio depende del capricho de los fantasmas. En ello va implícito, por ser inevitable dado el necesario juicio previo acerca de los derechos, el arbitrario cometido de establecer jerarquía entre esos derechos.

Conociendo los usos de los fantasmas, podemos sostener sin miedo a equivocarnos que en la vigilancia del cumplimiento de los derechos se pondrá énfasis en considerar del modo más amplio posible su contenido cuando, o bien el derecho se refiera a una actitud de manifestación pública de la voluntad de cada quien con la consiguiente limitación de la actuación de los guardias, o bien el derecho se pueda concebir de libertad de expresión cuya amplitud dependerá de qué sea lo que se exprese y de qué materia trate la expresión.  Porque además, según estos criterios, se discernirá si es expresión o no según le caiga a los fantasmas. Los precedentes permiten augurar que los guardias deberán permanecer de brazos cruzados salvo sanción grave cuando la manifestación o la expresión verbal o corporal o gestual se considere por los fantasmas que va en disfavor de los valores y principios propios de la forma política del Estado, de los principios culturales de España y de sus símbolos y, no hay ni que decirlo, de las creencias cristianas.

Si por ventura se tratare de uno de esos llamados derechos-prestación que comprometen a tope el derecho de propiedad, ya puede el propietario olvidarse de su derecho. Dicen, sabe usted, que los fantasmas se encuentran fortalecidos para una actuación contraria a ese derecho al comprobar que personas relevantes del plantel municipal madrileño apoyan positivamente a los okupas, pobre gente desposeída de un techo, cuando es claro que ya tiene otro el propietario opresor del que okupan ¡los pobres! ¿Decía usted algo de que semejante tarea, no considerada por  los fantasmas, faltaría más, de amor o caridad a los otros, que eso son paparruchas cristianas sino de obligada igualdad, ni supone un trato de verdad igualitario, ni justo y ni acorde siquiera con la Constitución que queda conculcada en varios aspectos? Ah, no, claro, porque, dadas las circunstancias, no va a salir usted ahora con resabios propios de juristas nostálgicos de un Estado de Derecho.

11, diciembre, 2016