Ni derecha, ni Derecho

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Lucha de plumas en la academia. Dos de sus letras se han enzarzado en una  agria polémica a cuenta de un artículo de “T” (Pérez Reverte) titulado “No siempre limpia y da esplendor”. En él, el autor de “El Maestro de esgrima” empieza por disculparse y confesar su impotencia por no poder atender las “peticiones de ayuda” de un grupo de funcionarios y profesores andaluces que pidieron “amparo ante unas nuevas normas que pueden obligar a los profesores, en clase, a utilizar el ridículo desdoblamiento de género que, excepto algunos políticos demagogos y algunos imbéciles, nadie utiliza en el habla real”. Y esto se debe, sigue “T”, porque “no todo el mundo es capaz de afrontar consecuencias en forma de etiqueta machista, o verse acosado por el matonismo ultrafeminista radical, que exige sumisión a sus delirios lingüísticos bajo pena de duras campañas por parte de palmeros y sicarios analfabetos en las redes sociales”. Y remata, “…en la RAE hay de todo. Gente noble y valiente y gente que no lo es. Académicos hombres y mujeres de altísimo nivel, y también, como en todas partes, algún tonto del ciruelo y alguna talibancita tonta de la pepitilla”.

A ese artículo, dándose aparentemente por aludido, contesta con gran virulencia “p” (Francisco Rico), con otro titulado “Las académicas y los académicos”. En él, además de llamar, a su colega, con muy mala leche, “el alatristemente célebre productor de bestsellers”, se sacude la polémica tildándola de “una cuestión política, en la que la Real Academia Española (RAE) no tiene por qué entremeterse”. Además de darse el desahogo de llamar, también, a Reverte, átense los machos, ¡¡¡machista!!! Por lo del ciruelo y la pepitilla. Este artículo ha sido a su vez contestado por “T” con otro en que… Pero ya la batalla se libra en otros campos. A lo que al objeto de este artículo interesa,  parece todo dicho.

El asunto y su trasfondo me parecen lo suficientemente serios como para tratar de abordarlos de igual forma. En primer lugar, y en referencia al argumento de “p” (“una cuestión política, en la que la Real Academia Española (RAE) no tiene por qué entremeterse”), cabría decir varias cosas.

Primero. Cuando estos ciudadanos andaluces piden amparo a los miembros de la Academia, no lo hacen porque sean políticos, ya ellos saben que no lo son, sino por lo que sí son, académicos; y, en consecuencia, esperan que el amparo que les puedan prestar sea académico, no político. Ya verán ellos después, si se les da, como hacer valer dicho amparo. En su sencillez, este planteamiento, parece una chorrada de “algún tonto del ciruelo”, pero conviene decirlo para que, al menos, no nos tomen por tal. Que la Real Academia Española de la Lengua, cuyos fines estatutarios le señalan la misión de “establecer y difundir los criterios de propiedad y corrección, y de contribuir a su esplendor”, tenga que cumplir su marcada tarea puntualmente y “ex professo” ante cada justo reclamo, aunque no estaría de más, podría ser discutible. Lo que no es de recibo es la excusa de no hacerlo por ser una “cuestión política”. Porque los políticos, en su soberbia voracidad, discrecionalmente politizan cualquier cuestión que consideren conveniente a sus fines (otro día hablaremos de sus fines) Y, por tanto, comprar el argumento de “p”, sería tanto como resignarse a que los expertos independientes solo pudieran pronunciarse sobre las migajas de temas que al momento no se encontrasen politizados. Y esto, por temporalmente no haber advertido, los políticos, las egoístas ventajas de hacerlo. Acabar, en suma, con la civil “resistencia” científica, académica… libre, que tenemos los ciudadanos para calibrar cuando la información que nos llega es de fiar. Podrían pensar que, al fin y al cabo, lo que atañe a la lengua no es un  asunto capital, yo no pienso igual, como luego verán, pero vean que el mismo argumento de “p” podría valer, por ejemplo, para el autoimpuesto silencio de, por ejemplo, los médicos. Imagínense que algún político, dijese que los homosexuales son enfermos, dejando el tema politizado, ya no habría lugar a que los médicos nos aclarasen la veracidad de dicho extremo  si, por ejemplo, los gays se lo reclamasen. Y así con muchísimos más temas. En verdad, casi todos. Pero el más grave, a mi entender, es el de la Justicia, por ser causa y origen de los demás.

Segundo. Cuando se dice que es un tema o una cuestión política parece quererse decir que la acción política no tiene límites, ni parcelas que le sean vedadas, siquiera por pertenecer al  ámbito más íntimo de la persona, a su libertad, con tal de que la toma de la concreta decisión haya sido formalmente tomada según las reglas que esos mismos políticos se han dado. No digo ninguna barbaridad. Así pasa en el caso que nos ocupa, en el que a unos funcionarios públicos su empleador les insta a que hablen una lengua deformada. O sencillamente a que la hablen mal[1]. No es ninguna coña, pues a buen seguro que el que se resista sufrirá las consecuencias de su valentía. Si la única consecuencia de defender la libertad individual fuera la estigmatización, ya de por sí me parecería suficientemente grave. Pero mucho me temo que las consecuencias pueden ser en otros órdenes más materiales ¿Tenemos los ciudadanos españoles el derecho de hablar nuestra lengua de la mejor manera que sepamos sin que los políticos nos obliguen a pervertirla? De eso estamos hablando. Porque sí la respuesta es afirmativa, como en efecto es, no cabe duda que ese mismo derecho debe ser trasladado al lugar donde cada uno ejerce su ocupación. Por cierto, no me consta que los sindicatos hayan puesto el grito en el cielo. Quizás porque les interesan más los derechos “sociales” que los de la persona, que por ser de la persona precisamente, nunca podrá ser relegado en ellos, con lo bien que les alimenta.

Digo “como en efecto es”, en la afirmativa respuesta a la pregunta, porque el tema me parece lo suficientemente claro, para entender que no precisa de sesudos informes jurídicos, aunque podrían hacerse fácilmente. También, aunque seguro que mucho más sesudos, podrían hacerse que mantuvieran la postura contraria. Pero sesudos en este país hay muchos, incluso algunos jueces, por lo que, si a estas alturas, uno no tiene un íntimo sentimiento de su derecho, el de los demás, y del significado de la Justicia, se puede perder ante tanta sesudez. Y esto me temo que es lo que pasa, que muchos andan perdidos. A ver si alguna luz, aunque sea verde, les señala el norte. Porque sabiendo donde está, uno puede ubicar fácilmente la derecha y la izquierda, y saber donde se mete.

Tercero. Y esto enlaza con el punto primero y segundo. No, Francisco Rico, el tema no es político, es jurídico. Pues los causantes del problema que tratamos, me refiero aquí a la violación de un derecho fundamental, la libertad de expresión lo es, que sufren ese grupo de profesores andaluces que solo reclaman poder hablar bien su lengua, son los políticos. Y solo los jueces les pueden hacer respetar un Derecho ante el que, según se ve, no se sienten muy constreñidos, dado que solo en la judicatura los ciudadanos pueden encontrar respuesta a su reclamo de Justicia, que es su derecho. Justicia que no podrán procurar si están politizados los temas ante los que han de pronunciarse, según pudiera seguirse de sus palabras.

Si lo que hasta aquí mantengo les parece grave, no es lo más. No he hablado del objeto último de dichas normas. El adoctrinamiento de los niños. Lo anterior es la consecuencia necesaria, por mucho que el que la impone pretenda con ello matar dos pájaros de un tiro. Si señores, hablamos de ideología. La misma ideología que señalaba George Orwell en 1984. Porque ideología es obligarnos a cumplir ritos y comportamientos externos de pública observancia para ver quien está a favor o en contra del Gran Hermano. ¡Solo con hablar! De esta manera no hay quién escape a sus ojos. Quizás lo que se quiere es que las niñas y niños, cuando se hagan mayorcitas unas, y mayorcitos otros, acaben diciendo, “ni derecha, ni Derecho”. En Cataluña les salió bien.

“¿No ves que la finalidad de la neolengua es limitar el alcance del pensamiento, estrechar el radio de acción de la mente? Al final, acabaremos haciendo imposible todo crimen del pensamiento.”

“¿Cómo vas a tener un slogan como el de «la libertad es la esclavitud» cuando el concepto de libertad no exista? Todo el clima del pensamiento será distinto. En realidad, no habrá pensamiento en el sentido en que ahora lo entendemos. La ortodoxia significa no pensar, no necesitar el pensamiento. Nuestra ortodoxia es la inconsciencia.”

                                                                                                   1984, George Orwell.

[1]   http://www.rae.es/sites/default/files/Bosque_sexismo_linguistico.pdf

Informe del Académico de la Real Academia Española de la Lengua y  Catedrático de Lengua Española de la Universidad Complutense de Madrid, Ignacio Bosque, titulado “Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer”, en que aborda el tema que estamos tratando. Dicho informe fue refrendado el 12 de marzo de 2012 con su firma por todos los miembros y miembras (el corrector del ordenador me subraya la última palabra en rojo) de la RAE, que acudieron ese día al pleno. El académico Francisco Rico no acudió, aunque de su parte no consta objeción alguna.