¡NO SALGO DE MI APOTEOSIS! (IV)

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Recordemos que si no salgo de mi apoteosis es por echar de menos que se haga, por quien disfruta de auctoritas para hacerla, una crítica fundamentada dirigida a ser, a su vez, fundamento de desarrollos futuros de la democracia representativa como sistema político. Pues que lejos de ello, lo que ahora es común y se tiene por descontado es sumarse al coro laudatorio de los “políticos demócratas”; las pretendidas alabanzas están  más que justificadas desde su punto de vista pues que ellos se perpetúan, se multiplican y obtienen –legítimamente o no- sus nada desdeñables medios de vida y al margen de cualquier responsabilidad gracias a la difusión y repetición de tópicos definitivamente inaceptables que ocultan y tergiversan la real significación del citado sistema político.

Anteriormente hemos podido concluir lo irreal que resulta centrar ese sistema político en la elección por mayoría de los ciudadanos de los políticos llamados a gobernarlos. Recordemos: es una tomadura de pelo invocar la mayoría pues que no se sabe de qué mayoría se trata y ni siquiera, aun sabiéndolo, será factible que los electores sean capaces de anticipar el resultado según el sentido de su voto. En definitiva, determinar una “mayoría” de gobierno es lo primero que toca hacer a los personajes sobre los que versó la elección y han resultado efectivamente elegidos. Puesto que semejante determinación sólo se puede establecer mediante acuerdos entre tales sujetos, en el “diálogo” dirigido a concertar tales pactos los intervinientes en ellos son quienes deciden los puntos del programa gracias al que fueron elegidos que permanecen; obvio es decir que dichos sujetos desecharán los proyectos propios no compartidos por sus partners  así como asumirán los que estos últimos les impongan cualquiera que sea su coste.

De suerte que una elección mayoritaria más que discutible, se hace definitivamente inexistente cuando se parte de considerar la elección sobre la base de los fines que se propondrán alcanzar los elegidos puesto que determinar estos depende de la negociación con quien no habrían resultado elegidos. Y no se diga que la mayoría entonces, cuando ninguno resulta elegido por esa misteriosa mayoría suficiente para gobernar en solitario, queda constituida por la suma de los votantes de los partidos empeñados en el pacto o el acuerdo. Y no se diga porque sería una broma ya pesada hacerlo cuando son los elegidos, no los electores, quienes deciden las materias o, si prefieren, las políticas constitutivas del quehacer de gobierno que no coinciden con las que figuraban en los programas determinantes de la elección. Los respectivos electores no pueden anticipar, según ya hemos dicho antes, lo que puede tener que ocurrir para que sus elegidos sean capaces de formar una “mayoría” de gobierno; ni desde luego podrá decirse con verdad que lo que sobreviva de lo programado junto a lo que no lo estaba según el pacto correspondiente con otros electos es lo que deseaban los electores.

No es necesario explayar el razonamiento para apreciar que si ya de por sí el concepto de mayoría es ambiguo y relativo y por consiguiente incapaz de fundar el sistema político, ese concepto resulta imposible de mantener en los casos nada infrecuentes en que ninguno de los electos lo ha sido con el apoyo suficiente que constituye en su caso mayoría. Entonces, no se puede hablar de mayoría sin faltar absolutamente a la verdad. Y, resumiendo en aras del espacio, se diría que lo único que queda en pie de la estéril construcción intelectual rousseauniana del sistema es que éste se resuelve en una elección. ¿Para que los electos hagan qué? Ah, en definitiva lo que estimen en cada caso por conveniente según su arbitrio. Ya se comprende que este su arbitrio siempre descansará en la conveniencia particular de los políticos electos.

Pero esta última reflexión nos propone además la consideración de nuevas perspectivas del problema que se ocultan también tras el cúmulo de tópicos insufribles. Me refiero a la imposibilidad de sostener sobre las bases que se deducen de todo lo anterior que la democracia es representativa queriendo significar con ello que los políticos elegidos representan a los ciudadanos. No es momento de extenderse en el significado de la noción jurídica de representación. No es necesario hacerlo para comprender que se trataría, caso de utilizar ese recurso, del otorgamiento de un poder para arruinar –y nunca mejor dicho- ya que la materia sobre la que el representante puede actuar en nombre del representado ni se especifica ni tiene ningún límite. Como en la realidad de la vida, o de la historia si se prefiere, “todo comunica”, al no limitarse la actividad sobre la que propiamente podría actuar el representante en su condición de  tal, quiere decirse que ese supuesto representante puede hacer todo, en el sentido de cualquier cosa que tenga a bien. La invasión del ámbito propio y exclusivo de los ciudadanos como personas y, por ende, libres, es una posibilidad que, por desgracia, todos constatamos en nuestra propia esfera de acción teóricamente dejada a nuestra resolución en libertad. ¿Paradójico que el sistema destinado a sustraer a la persona de todo vínculo de sumisión en la relación mando/obediencia se traduzca de hecho en cauce posible para la mayor opresión? Y no es necesario acudir a hechos históricos que acreditan que las elecciones democráticas han sido el medio para consolidar regímenes de supremo totalitarismo. No es necesario por la sencilla razón de que el idolatrado –pocas veces mejor empleado el término- sistema ha entronizado el llamado “Estado de bienestar” que se resuelve en un totalitarismo por más que se disfrace. Y no se olvide que este modelo de la relación mando/obediencia es el que se ha consagrado de modo tan rotundo que, siendo en su origen como es natural, patrimonio de la izquierda política, hoy lo ha adoptado igualmente la derecha; razón por la cual ha perdido parte de su sentido hablar de derechas e izquierdas, pero sólo parte, porque, como se advierte con una simple lectura de los partidarios de desechar esos términos, ellos mismos no pueden prescindir de su uso cuando se habla de aspectos que se pueden y se deben reconducir a una antropología centrada en la verdad, el bien y la belleza. (Para que se entienda, no puedo dejar de citar al ABC porque es ejemplo clamoroso de lo que digo aquí). Lamentablemente, el acogimiento del modelo de Estado del bienestar por quienes deberían patrocinar otras “políticas sociales”, llevan equivocadamente también a hablar de centrismo y otras bobadas semejantes pero que coinciden con el abandono de los valores de nuestra religión y cultura y con el correlativo modelo del antropocentrismo inmanente (¿Será necesario mencionar lo que para nuestro sistema político representó y continúa representando el rajoyismo y, muy especialmente, el sorayismo?) Pero esto es materia en la que, pese a su importancia no puedo entrar ahora.

Volviendo a la representación, esta idea de la representación postula la existencia de un sujeto colectivo representado. Ya dijimos anteriormente que es a Rousseau a quien debemos la triste ocurrencia de que los ciudadanos constituimos nada menos que un ser soberano. Ya es sin embargo inventarse cuando toda la vida personal del ciudadano puede volatilizarse por las decisiones voluntarias del representante, arbitrariamente adoptadas, y de las que no se siguen para él consecuencias de responsabilidad. La irresponsabilidad con la que los políticos actúan es grotesco negarla, y a eso equivale referirla a la posibilidad de la no reelección. Aparte de que siempre el político encontrará el medio para culpabilizar a otros de las consecuencias negativas que se han seguido de sus actos, es indudable que en la actualidad la extensión ilimitada del “Estado del bienestar” puede llevar a consecuencias muy negativas y, en concreto, de carácter económico. No me resisto a decir lo que es causa de mi apoteosis redoblada: no es infrecuente encontrar hoy día que se reclama la responsabilidad del Estado por acciones de los políticos.

Adviértase que con nada de lo que he venido diciendo estoy sosteniendo  que la actitud de los políticos electos sea antijurídica o ilegal, no, no se trata de eso ahora; lo que importa subrayar es la impropiedad que supone, en primer lugar, hablar de elección de los representantes políticos por mayoría cuando esto sencillamente no es, a ningún efecto, verdad.

Por otro lado, sin salirnos del terreno de la responsabilidad –inexistente, repito- de los políticos electos no podemos dejar de citar su irresponsabilidad aún en el caso de que se traicione con sus actos el fin  que sus electores persiguen con su designación que, sin duda alguna se vincula al encargo de realizar la actividad política según el modelo ofrecido en el programa. Y he hablado con propiedad de traición aunque precisamente una acción o actuación del político contra lo prometido por él no se califique  jurídicamente así ni tenga consiguientemente sus consecuencias como lo  demuestran el circo en que se transmuta el acto de juramento o promesa de desempeño del cargo.

Otras muchas cuestiones serían para tratar aquí, pero creo que las tratadas son más que suficientes para servir de fundamento a la tarea de desenmascarar la mentira en que descansa el argumentario que se emplea para justificar el carácter insuperable de la democracia representativa. No le demos vueltas, de hecho esa supuesta superioridad del sistema se mantiene en virtud de la primacía de la ideología de izquierdas. Que es la que sustenta las dos cosas capitales de desentender, en primer lugar, a la persona de sus fines propios entre los que se incluye el procurar el bien de los otros que quedan, se supone, confiados al Estado a quien se le otorga potestad ilimitada para los más variados cometidos en perjuicio de la libertad de las personas y de sus deberes de caridad para con los demás y también, por otro lado, de desvincular de hecho y progresivamente a la persona de su riquísima y, sobre todo, trascendente condición a todos los efectos. En definitiva, la llamada democracia representativa, especialmente entendida al modo rousseauniano, lleva en la actualidad el germen, en parte ya desarrollado, del totalitarismo más odioso.

JOSÉ Mª DE LA CUESTA RUTE

5 de junio de 2019