¿Por qué unos medios de comunicación de la Iglesia?

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Me parece necesaria una advertencia previa ante el enunciado del  título. Planteo la duda respecto de la titularidad por la Iglesia de unos medios de información desde el más absoluto reconocimiento de  mi condición de hijo suyo. Y creo necesaria esta declaración porque, por desgracia, es muy frecuente considerar que la fidelidad a la condición de cristiano se acredita formulando un amén ante cualquier palabra o acción que proceda de la jerarquía  y cualquiera sea la persona que expresamente la profiera o ejecute así como con independencia de la materia sobre la que verse la palabra o la acción.

Pues bien, porque estas letras mías ponen en cuestión la pertinencia de que nuestra Conferencia Episcopal cuente con distintos medios de comunicación entiendo que podrían interpretarse -¡dichosa hermenéutica!- como síntoma de desvío por mi parte de la fe de nuestra Iglesia. Pero la realidad es que la crítica que me merece el hecho al que me refiero no sólo no quiere representar, no representa, ninguna infidelidad; por el contrario, quiere cooperar al fin propio de la Madre Iglesia ya que, la crítica es perfectamente legítima en este caso por no referirse a materia sobre la que recaiga pronunciamiento del Magisterio eclesial ni siquiera en ninguno de los grados en que,  según se deduce  de  las enseñanzas del egregio  Benedicto XVI, todavía cabe que los fieles podamos someterlo a juicio crítico, siempre razonable y fundamentado, como es natural.

Quizá me haya extendido en demasía en la justificación de pronunciarme críticamente en los términos en que lo hago a continuación, pero en estas materias toda claridad es poca. No perdamos de vista que mis opiniones podrían producir, respecto de algunos cristianos, un escándalo que justificase se me arrojase al mar con una rueda de molino al cuello, y, para aquellos que no gozan de nuestra fe, mi crítica podría ser utilizada como artillería contra la Iglesia y, por lo tanto, contra mi fe.

Insisto, pues en que no perteneciendo al Magisterio en ninguno de sus planos o niveles el hecho de que se disponga por la Iglesia de la titularidad de medios de comunicación, la crítica a esa titularidad no es más que manifestación del deber de los fieles hijos suyos de colaborar en la propagación de la fe que es su misión. En especial mi crítica se dirige a la titularidad de medios audiovisuales y, muy en particular, de la 13 TV.

Vaya por delante que mi opinión no tiene su centro en la calidad de los programas en sentido estricto. Es indudable que, en particular, la COPE emite programas de gran calidad y, por razones típicas del medio radio, capaces de arrastrar a audiencias incluso más numerosas que muchas otras emisoras competidoras.

Tampoco se sostiene mi juicio en los saldos de las cuentas de resultados de los medios explotados. Sobre el particular, he leído con gran satisfacción las declaraciones efectuadas por el señor Gimenez Barriocanal relativas a la rentabilidad de la COPE. Pienso si acaso esas declaraciones no han sido provocadas  por la censura que  se   formuló por  algún medio ante palabras anteriores de dicho señor  sobre la indicación que pensaba realizar a ciertos  medios de la Iglesia de que rectificasen la posición negativa que venían manteniendo ante los partidarios del independentismo de ciertas regiones de España por entender que la Iglesia debe quedar al margen del debate político.

Ese es cabalmente el punto que me parece interesante. Pues si los medios de la Iglesia no pueden difundir, de un lado,  todo lo que la Iglesia considera que se sigue de la  fe en Jesucristo en cada una de  las vertientes en que se desenvuelve  la  vida de los hombres ni tampoco, de otro lado,  incluso lo que puede ser mera opinión sobre cuestiones simplemente humanas justificables por la razón, cosa que corresponde a todo medio de comunicación,  ¿cómo y por qué se justifica la tenencia de  medios por la Iglesia? Porque no me parece que entre en la misión de la  Iglesia  dedicarse a procurar el entretenimiento de los oyentes y espectadores en competencia  con los medios comerciales. Y reconozcamos que, de  hecho, los de la Iglesia así se comportan.

La cosa merece censura por las necesidades de financiación que los medios requieren y que necesariamente son  precisos para atender otras funciones que inequívocamente son propias de  la Iglesia y que  se resienten de esa discutible aplicación. Pero es que aun cuando la explotación  de  uno o de todos los  medios fuese rentable económicamente, no lo sería en el orden de  los  efectos espirituales, porque ante la realidad de  los  hechos es  inevitable preguntarse por el porqué la Iglesia tiene que arriesgar medios escasos en mantener unos  medios que reproducen los esquemas de cualquiera  de  los  otro. Y, por  ser totalmente claro, diré que me refiero a 13TV muy especialmente, que, al parecer, no es que suponga meramente el riesgo económico inherente a toda actividad  de esa naturaleza, sino  que implica una pérdida de lo que podrían ser  recursos destinados a sufragar unas necesidades reales  que reclaman la beneficencia de los cristianos.

Hablando en  plata: ¿quiere alguien  explicarme la necesidad de un  programa como  “El  Cascabel”; la necesidad de que se ofrezca una tertulia más con  los  mismos sujetos o, al menos, con sujetos que  ocupan las posiciones que exactamente coinciden con la que ocupan otros tertulianos correligionarios en  otros  medios informativos?

Y por si no fuere suficiente, ¡la palinodia que el señor Gimenez  Barriocanal cree necesario entonar sobre la necesaria elusión por los medios de  la Iglesia de tratar cuestiones conflictivas como la de los separatismos disgregadores de España!

José María De la Cuesta Rute

30 de Octubre de 2016