Propuesta de autocrítica

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Sólo, frente al televisor, día tras día asisto a alguna asunción de responsabilidades. A las palabras de algún sujeto, político la mayor parte de las veces, que muy solemnemente asume su culpa y anuncia, por fin, la llegada del momento de la autocrítica. Y yo, como C.C. Baxter, el personaje de Jack Lemmon en El Apartamento, abro mucho los ojos, froto mis manos y, mientras cojo un trozo de pollo frito, me recoloco en mi butaca. Y espero, espero a lo que nunca llega, porque siempre,  “antes, el consejo de uno de nuestros patrocinadores”.  Y desisto.

No les resto valor, debe ser muy duro hacer el gesto. Como dice el personaje al que se le ha muerto el padre en Amanece que no es poco,  “y tú ahí, con todo el mundo mirando… a mi me daría muchísima vergüenza”. El problema es que, como decía antes, el resultado de este ímprobo esfuerzo nunca me llega. Parece que la autocrítica consiste solamente en anunciarla,  y, si muy raramente se comunica, suele ser lo más diferente a lo que yo entiendo por ella. Además me fastidia. Porque nunca se me ocurrió a mí. Menudo partido le hubiera sacado de niño si, al llegar a casa, cuando mis notas no eran del todo buenas, o directamente malas sin paliativos, en vez de reconocer mi poco esfuerzo, hubiera anunciado el momento de hacer autocrítica, para después, solo si se me reclamaba, poner a parir a compañeros, profesores y sistema educativo entero.  Esclavos todos, seguiría, de los poderosos y los mercados, qué seguro que algo tramaban que no favorecía mi esfuerzo. O haber ido por otro lado, “papá, mamá, me he tenido que examinar en unas circunstancias extremadamente difíciles…”. En fin, excusas hay muchas y en imaginación a los políticos seguro que no los gano. Por eso, porque los veo sinceros, pienso que si no la hacen, la autocrítica, es porque no saben, y yo quiero ayudarles. Ahí va mi propuesta:

El problema es que soy tonto. Nunca fui un chico muy despierto. Desde muy pronto me di cuenta de que no valía para estudiar.  Es que no me gusta.  Veo tantas letras, tantas palabras, que solo unirlas me parece un trabajo espantoso. Se lo decía mi padre a mi madre, “este va para delincuente o político”. Hubiera sido delincuente, pero me daba miedo.  Hay que tener mucha iniciativa, tomar decisiones,  estar siempre en tensión y, en ocasiones, salir corriendo. Prefiero la tranquilidad.  A mí lo que me pierde es dormir, una buena siesta, despertarme sin prisas… También comer bien, un buen filete por ejemplo. A mí me gusta tomar dos.

Sé que puedo dar mucho de mí, pero si me dejan tranquilo, a mi aire. No aguanto que me lleven de un lado a otro con la lengua fuera, o que se plantee un problema cuando se está resolviendo otro.  Tengo mis tiempos, cuando se acumula el trabajo me agobio. Además, me asusta la soledad, esa terrible soledad del que toma decisiones solo ante él y su conciencia.

Por eso hice lo que tenía que hacer, meterme a político. No tenía una sola idea y ya estaba en la agrupación de  mi pueblo. Allí me lo enseñaron todo. Otros ya venían enseñados de cuna, con pedigrí, los llamaban.

La fidelidad al partido era lo más importante, “nadie está por encima del partido”, repetían. Fui un chico aplicado, me enseñaron lo que había que decir, y lo repetía como un papagayo. Y lo mismo cuando había que decir lo contrario. Eso me evitaba tener que pensar. Nunca protesté. Seguí los consejos de mi padrino al pie de la letra “mira Pedrito, no te aferres a ideas fijas, nunca sabes cuando las tendrás que cambiar. El que se significa, tarde o temprano cae. Lo que tienes que hacer es pasar inadvertido, pero estar siempre ahí. Sé como los demás, cuando haya que reír, ríe; cuando haya que llorar, llora; y cuando haya que cabrearse, enfurécete”. “¿Y cuándo haya que hablar?”, le pregunté yo. “Mira Pedrito, eso es lo más peligroso de todo, cuando haya que hablar no te salgas del tiesto, la gente no soporta a los presuntuosos, esos orgullosos que se creen que tienen algo que decir. Al final el que aguanta llega. Piensa que los otros no son más listos que tú. El sistema no aguantaría que los que resisten no suban, desalentaría a los nuevos que empiezan. Este es un trabajo de resistencia”.

A cambio me dieron una identidad, una personalidad. El orgullo de pertenecer a una organización cargada de ideales. Éramos mejores, moralmente superiores. Los contrarios, fachas los llamábamos, eran el enemigo. Si no hubiera fachas, no tendríamos razón de existir y la legitimación de toda nuestra organización desaparecería. Esa era una norma no escrita, el que no estaba con nosotros era un facha. Con el tiempo  antiguos amigos, camaradas, pasaron también a ser fachas. No resistieron. Fue doloroso pero “nadie está por encima del partido”.

Aprendí mucho. Incubé un sexto sentido que, ante las cosas más dispares, me indicaba el buen camino. Ya no me lo señalaban otros. ¡Era yo! Qué música escuchar, qué bares frecuentar, qué ropa vestir, qué hobbies… Huíamos de lo que olía a rancio.  Tener olfato, lo llamábamos. Ese instinto especial que me dice cuando ha llegado el momento de ir a la pelea, o de velar armas, para esperar un mejor momento. Lo que es “apostar a caballo ganador”. Se me daba tan bien, que casi puedo asegurar que no sé  hacer otra cosa. Es mi vida. Así que… ahí va mi autocrítica. Hasta donde alcanzo a entender, hice todo bien. Pero lo que era bueno para nosotros, no siempre lo era para aquéllos a los que decíamos representar. Los intereses no se han mostrado coincidentes, y los malos resultados han llegado. Antes escurríamos el bulto con  las excusas más inverosímiles. Pero, después de mil veces, ya no nos creen. Estábamos tan ideologizados que no podíamos ver la realidad y, ante un mal diagnóstico, mala medicina. La gente ha advertido que, cuando priorizábamos el bien del partido, no lo hacíamos por el bien de España (“nadie está por encima del partido”). Sino por el mismo egoísmo que me impide tomar un filete cuando se pueden tomar dos. El problema es que soy tonto. Perdón.