¡…Y SE ME REVELÓ LO QUE ES EL CENTRO!

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Pues sí, amigos míos, años llevo intentando conocer qué se entiende en realidad por centro en la política cuando al fin en este momento acaba de hacérseme la luz y creo poder formular su concepto. Ahora bien, en la vida política son dos los polos desde la que se concibe, polos a los que tradicionalmente se han designado derecha e izquierda.

La derecha se caracteriza por aceptar en su ideario que la verdad es alcanzable por el hombre y que las acciones de éste deben orientarse según un bien para él mismo y para todos los miembros de la comunidad. Lo que, por cierto, no significa que la actividad política desarrollada por la derecha no haya de practicarse según imponen las reglas de la democracia. Puede considerarse, pues, a la derecha como la conservadora de la doctrina clásica greco-romano-cristiana.

La izquierda, por el contrario se inventa una pseudo-verdad (la igualdad) de todos los miembros de la comunidad y niega de hecho que la verdad exista y pueda conocerse; por su parte aquella pseudo-verdad se considera el bien que ha de imponerse en la vida política.

Pues bien, así las cosas, centro es el espacio ocupado por cualquier ideólogo que se caracteriza por el relativismo en relación con la verdad y con el bien.

En el mundo de la política, tanto se ubica en el centro quién adjudica al Estado la actitud intervencionista en todos los aspectos de la vida como aquél que intuye que al poder estatal le caben ciertos límites pero, al mismo tiempo, no renuncia al llamado –se ignora por qué- Estado del bienestar, por lo que no tiene muy claros, o al menos no los establece públicamente, ni la finalidad de aquellos límites, ni dónde se pueden ellos demarcar. A estos últimos se les considera de derechas. Los que dicen perseguir la igualdad son de izquierda, y se consideran progresistas dado que la acción del Estado siempre se orienta a la igualdad de todos los ciudadanos y se presupone –por cierto que contra toda evidencia- que ésta constituye verdadero progreso.

Por cierto que los primeros son el centro-derecha siempre que no se propongan como fin de su acción (al margen por completo queda su ideario) ni la verdad ni el bien, y los segundos serán de centro-izquierda siempre que no tengan entre sus fines ni la checa, ni el asesinato en masa, como la historia (ah!, la memoria histórica) y la penosa situación actual de tantos pueblos enseñan que son los recursos tradicionales de la acción de gobierno, de la acción política de la izquierda a secas.

Es decir, el centro-derecha renuncia a la acción sustentada en la verdad y el bien y por lo tanto puede considerarse que ahí se ubica quien participa de la convicción tanto de que la verdad es alcanzable por el hombre y de que no toda acción suya se sustrae a un juicio moral, como quien no participa de esas ideas en absoluto. Pero reducido entonces el concepto al mero quantum de la dominación del Estado, el centro-derecha será partidario de una limitación del poder que se corresponda con la libertad entendida como simple autonomía de la persona respecto de los demás ciudadanos. El relativismo que impregna a quienes piensan así no puede discutirse.

Y si pasamos al centro-izquierda, habremos de señalar que respecto a sus ocupantes no cabe plantearse siquiera el tema de la verdad y el bien en sentido estricto porque, en primer término, la posibilidad de que pueda alcanzarse la verdad es negada por los socialistas y, en segundo término, el “bien” a que ellos aspiran obedece a referentes utilitaristas no obstante que tengan la desfachatez, secundada inexplicablemente por el centro-derecha, de presentarlo como un bien moral supremo e indiscutible. Es cierto sin embargo que, reducida toda la vida del hombre, incluida su vertiente social, al “bienestar”, o sea a lo material, aquella desfachatez puede pasar inadvertida. De modo que ese centro-izquierda, tan añorado a veces, acaba por no caracterizarse más que en el orden de la intervención del Estado, cada vez más y más penetrante, en la vida de la persona en cuanto afecta a su libertad. El totalitarismo de la izquierda está en sus genes. Y el centro-izquierda famoso solo supone un “momento” en el esencial progreso en el totalitarismo que, repito, en su verdadera faz, implica la checa y el asesinato del disidente. ¿Quién puede no considerar progresista a la izquierda?

Reducido el ámbito de la ponderación de la acción política al bienestar material, es inevitable deducir que se deja por completo al margen de esa acción lo que representa la posibilidad de alcanzar la verdad y el bien; y eso tanto por lo que se refiere a la derecha como a la izquierda. Solo así se concibe que nadie, excepto yo mismo, hoy día se atreva a hablar de la derecha pero sobre todo a declararse de derechas. Quien resulte elegido por los electores da por supuesto que la elección es al margen de toda significación por sus ideas y por su manera de tratar de imponerlas. Únicamente se debe la elección a que el elegido pondrá algún límite al poder del Estado y solo mantendrá la acción política referida a esa cuestión. Eso, amigos, resulta ser el centro-derecha. Resulta así que lo que no es sino procedimental o instrumental como el sistema de ejercicio del poder transmuta el contenido de las ideas y creencias hasta hacerlas desaparecer.

Si estas ideas me revoloteaban desde hace mucho tiempo en mi perplejo cerebro, se me hizo la luz por fin al ver cómo, nada menos que quien disfruta de gran representatividad del diario ABC de Madrid motejaba de extrema derecha al partido VOX. Y lo hacía con ocasión de su intervención en un debate sobre la Ley de Violencia de Género. ¿Acaso la “ideología de género”, la “memoria histórica”, la indiferencia por la vida humana, el animalismo y demás imposiciones (claro está que lo son) del pensamiento único de la izquierda son indiscutibles en sentido estricto y, desde luego, deben ser eludidas por la derecha en el debate político?

De hecho, el debate sobre ideas se hace así imposible y las consecuencias de su imposibilidad vierten sobre la libertad de expresión de manera inevitable: solo se puede expresar lo que es o conforme con el pensamiento único, que por eso es único o si se trata de algo que lo contradice, de manera negativa y aun ofensiva. Pero esto último exige ser tratado con extensión por lo que debe quedar para otra ocasión.

Señores, amigos, no nos engañemos: la derecha ha dejado de existir. También a su muerte –que espero solo aparente- ha contribuido sin duda el proceso de secularización por el que venimos atravesando pero esto también ha de quedar para otro día.

1 de diciembre de 2019

José Mª De la Cuesta Rute