Un “brote verde” de veras

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No es discutible que vivimos en un momento colectivo que puede llevarnos a no tardar a una postración más que preocupante porque haga en verdad imposible la regeneración. Creo que no sorprenderá a quienes me honran leyéndome que señale como una de las causas que más contribuyen a esa postración el eclipse que entre nosotros experimenta el derecho y su efectiva realización con la consiguiente exclusión de un Estado de Derecho que, por verdadero, no sea esa fórmula vacía que se utiliza como muletilla, a veces sin saber lo que se dice pero en la mayoría de los casos intencionadamente para encubrir las mayores tropelías de quienes las cometen sin descanso.

La superchería puede tener lugar porque el eclipse del derecho es de bastante mayor alcance del que puede pensarse. No nos engañemos, se puede afirmar que se vive sin derecho cuando los miembros del colectivo, que no comunidad y menos sociedad de hombres libres, tienen poco aprecio por el derecho e incluso desconocen su sentido y su función. A lo sumo, piensan que el derecho es ese conjunto de mandatos debidos al arbitrio del poder que en realidad poco tiene que ver con la vida de cada cual.
Ante este panorama, se comprenderá que, sumergido como me encuentro en la elaboración de una Ponencia que he de presentar el mes que viene en la Universidad San Pablo de Arequipa, haya postergado mi colaboración periódica en Togas. Pero un “hecho relevante” me aguijonea para que ponga estas líneas bajo un signo de la mayor esperanza.
En el diario ABC del pasado 21 de julio*, pude leer una noticia que, si desesperanzadora de un lado por darme la razón sobre cómo se entiende el derecho por muchas de nuestras gentes, es también muy esperanzadora, de otro, por darnos aviso de que un muchacho, un estudiante de medicina, sí conoce el sentido del derecho y su función.
Merece la pena, es más deseo poner aquí su nombre. Se trata de Robert Ferrer Rivero; Este muchacho no tuvo razón alguna para callarse que en su Facultad, se adoctrinaba a los estudiantes en materias moralmente sensibles como el aborto. Esa comunicación al ABC fue objeto en su momento de publicación por el diario. Nótese que la imputación se hizo cuando Robert todavía podía sufrir algún tipo de represalia por parte de su Facultad. Solo por lo que la acción de Robert implica de esa virtud tan rara hoy del valor o valentía, merece ser objeto de comentario elogioso. Más todavía debe ser elogiada si tenemos en cuenta que la información sobre el adoctrinamiento suponía hacer pública una actitud que no es compartida por los “progresistas” dada la materia sobre la que versaba. Y de hecho era la actitud contraria a los profesores de Robert. Amor a la verdad, se llama esa figura.
Con todo, sin embargo lo que deseo destacar de la actitud que aplaudo es que Robert da muestra inequívoca de saber lo que es el derecho y por lo mismo se siente capaz de criticar con toda razón la actitud de su profesor que no lo sabe. La ignorancia del profesor, al parecer tutor de Robert, se pone de manifiesto cuando, según la más reciente información de ABC a que me refiero, el tutor dice al estudiante, cuando éste le expresa su disgusto y su razón para protestar por habérsele conceptuado mal, que en el test que se pedía superar la única proposición válida de las referidas al aborto era la de que se debía indicar a la paciente que se sometiera a su práctica sin poder ser considerada igualmente válida la de no hacer ninguna recomendación a la paciente porque lo que se pedía en el test era atenerse a la proposición legal y sólo es legal la de recomendar el aborto ante el embarazo de un hijo con el síndrome de Down. No hay que decir que Robert defendía la tesis de que una y otra de las respuestas es “legal”.
Aquí podría poner punto pues creo que está todo dicho. Pero no puedo por menos de manifestar expresamente mi esperanza al comprobar que todavía hay hombres que llevan grabado en su corazón el sentido del derecho que les dice que no se confunde con lo legal y que, además aunque se confundiera, una norma que no castiga algo no quiere decir que ordene hacerlo. La confusión de este último orden, en que no cayó Robert, es expresión de una concepción totalitaria, típica de los autoproclamados progresistas. Robert, aun sin saberlo decir probablemente, aducía, en cambio, el principio de que está permitido todo lo que no está prohibido que es principio de derecho concebido como garantía de libertad.
No puedo dejar de preguntarme por cómo reaccionaría un estudiante actual en una Facultad de Derecho ante una situación semejante. Tampoco puedo dejar de interrogarme por quién en el caso relatado merece ser tutor y quién pupilo.

*El artículo es del 2014. No hemos querido cambiar nuestro texto para mantener el original, dada su enorme actualidad. En aquel entonces las ansias por ver brotes verdes a mucha gente le hacía verlos.